
En el Teatro Municipal de la Villa Primero de Mayo, no solo se apagan las luces. Se apaga el ruido del mundo para encender una verdad que, aunque incómoda, habita en más casas de las que se admiten. A Puertas Cerradas, escrita y dirigida por Mauricio Pacheco Chambilla del colectivo teatral FUNDARBOL, no entretiene: incomoda. No adorna: desnuda. No responde: pregunta.
Con la actuación de Yosselyn C Suarez, Norma Precio Bustamante, Ruben Alviri y Junior Flores Serrudo, la puesta en escena coquetea con la poesía visual, los coros corales y los silencios filosóficos. La obra escrita y dirigida por Mauricio Pacheco Chambilla se instala en la mente del espectador como una semilla que no dejará de germinar. No hay música alegre, ni promesas de redención. Hay una familia. Hay una hija que desaparece. Hay una verdad que todos conocen, pero nadie dice.
Las funciones se realizarán hasta el 11 de abril en tres horarios: por la mañana a las 09:00 y 10:00 AM, en la tarde: 15:00 y 16:00 y ncohe 19:00.
Lucía Bustos es el personaje principal y su historia duele porque parece inventada, pero se siente demasiado real. Su proceso de ruptura personal se narra con fragmentos, con escenas que se escapan del tiempo lineal como recuerdos que golpean sin permiso. El espectador no mira la historia: la habita.
Con A Puertas Cerradas, no solo se reafirman como una plataforma de creación, sino también como un espacio de resistencia: contra la hipocresía, contra la indiferencia, contra la violencia que se esconde en la normalidad. Porque en esta obra, lo violento no es lo que se ve, sino lo que se calla.
La propuesta también busca abrir diálogos en espacios escolares. Por eso, FUNDARBOL habilitó funciones especiales para colegios, con horarios accesibles y precios simbólicos. Entradas especiales para delegaciones escolares (En boletería: General Bs 40 | Estudiantes Bs 20). Los interesados en asistir pueden reservar su función contactando al 72108516.

Mauricio Pacheco —quien firma dramaturgia y dirección— no necesita del estruendo para conmover. Su obra, como muchas de las que ha construido en su carrera, apuesta por el minimalismo emocional: lo que se dice con una mirada, lo que se encierra en una pausa. Es un teatro que no se grita, pero tampoco se olvida.
En A Puertas Cerradas, lo que duele no es el desenlace —la desaparición de Lucía—, sino la forma en que esa desaparición es aceptada, asumida, digerida por una familia que teme más al qué dirán que al qué pasó. “La familia prefiere el silencio a la verdad”, dice uno de los personajes. Y la frase queda, flotando, como una maldición heredada.
El espectador sale con algo roto. Con algo abierto. Con una incomodidad que no puede sacudirse. Porque este no es un teatro que entretiene: es un teatro que recuerda.








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