
En el Cono Sur, donde los mapas dibujan un mosaico de bosques, chacos y llanuras, comienza a crecer una certeza: producir no tiene por qué significar devastar. Bolivia viaja hasta Virasoro, en Argentina, con la voz de nueve productores que llevan en sus manos las huellas de la Chiquitania y el Chaco tarijeño.
Ellos serán parte del Encuentro Internacional de Producción Sostenible, un espacio en el que Argentina, Paraguay, Chile y Bolivia pondrán en común sus modos de sembrar, criar y conservar, bajo la sombrilla del programa Paisaje Productivo Protegido (PPP). Allí, del 15 al 17 de septiembre, se hablará de biodiversidad, de mercados, de energía solar que reemplaza a los combustibles fósiles, de pastoreo racional, de apicultura, de bosques que no se talan sino que se regeneran.
Julio César Salinas, coordinador del proyecto en Bolivia, lo define como una oportunidad para que los productores aprendan, pero también para que enseñen. Y no se trata de una metáfora vacía: en el país ya se han avanzado más de 180 mil hectáreas que combinan áreas silvestres con prácticas productivas sostenibles.
Una coreografía de agua usada con cuidado, reforestación con especies nativas, monitoreo con chips en el ganado, y la paciente construcción de un futuro donde la agricultura y la ganadería no se coman el bosque, sino que aprendan a respirar junto a él.
La apuesta, respaldada por la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano, Prometa, la Unión Europea y la Embajada de Suecia, es clara: demostrar que la sostenibilidad no es un discurso, sino una práctica que se mide en hectáreas, en biodiversidad, en comunidades que eligen vivir del bosque sin convertirlo en ceniza.






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